31/01/10

Grzegorz Lewandowski

Pocos jugadores habrá que encajen mejor con el paradigma del renaldinho de los 90: extranjero nacido en un país de escasa tradición futbolística, pertenencia a un club modesto con aires de grandeza que termina hundido y sobre todo, posesión de un fabuloso bigote. ¿Qué más se puede pedir? Pues que llegase con gran vitola, que no haya participado en más de 15 partidos y que sólo anotase un tanto. Todos esos requisitos y algunos más los reune nuestro protagonista de hoy, Grzegorz Lewandowski, un centrocampista polaco nacido en un marco incomparable como la localidad de Szczecin el primero de septiembre de 1969.

Hasta llegar a nuestro campeonato había desarrollado un prometedor inicio de carrera primero en el modesto Gwardia Koszalin y más tarde en el insigne Wisla de Cracovia. Un par de convocatorias con la selección polaca a finales de 1993 pusieron a un buen ramillete de intermediarios alerta para intentar colocar a nuestro mostachudo amigo en alguna liga más decorosa y llevarse de paso su buena comisión. Una vez más fue el CD Logroñés la víctima propicia para acometer tan vil artimaña, y a mediados de diciembre se cerraba el acuerdo de cesión hasta fin de temporada.

Empezó con mal pie, al salir a la luz unas declaraciones del míster Carlos Aimar expresando su total desconocimiento tanto del fichaje como del propio jugador y quejándose de las formas de actuar de su propio presidente. A pesar de ello su estreno se produjo el 9 de enero del 94 y en su segunda actuación, ya como titular, tuvo la fortuna de anotar el gol del empate a dos ante el Real Oviedo a escasos minutos del final. La inercia le llevó a jugar los cuatro partidos siguientes de inicio hasta que durante la comida previa al quinto partido se le comunicó que sería suplente. En ese mismo momento montó en cólera y desapareció. Además de la puntual suplencia, el motivo de su cabreo fue el ridículo sueldo que percibía, que apenas superaba los 15 mil euros anuales al cambio. Según publicaciones de la época la culpa de todo la tenía su representante, que le había hecho firmar el contrato a toda prisa sin explicarle los pormenores.

La directiva del club amenazó con imponerle una sanción de 4 millones de pesetas (casi dos años de salario) y al mediocampista pomerano no le quedó más remedio que achantar, pedir perdón por el desplante, volver al redil y despedir a su agente. Desde su regreso a los campos le dio tiempo a participar en una decena de partidos donde su aportación pasó ciertamente desapercibida. Terminada la cesión volvió a Polonia, concretamente al Legia de Varsovia para jugar durante dos temporadas. Después probó en el fútbol francés con el humilde Caen para participar algo más que en Logroño.

Desde entonces la nómina de equipos extraños por los que pasó es tan sólo superada por un mito como Sabin Ilie: Polonia de Varsovia, Zaglebie Lubin, RKS Rodomsko, Hutnik de Cracovia, Adelaide City de Australia, Hutnik de nuevo, Koszalin, hasta que se retiró en el Kotwika Kolobrzeg. Inició entonces una prósepera carrera como entrenador dirigiendo al Ruch Wysokie Mazowieckie, su amado Kotwika, Astra Ustronie Morskie, LKS Lomza y hasta la temporada pasada se hacía cargo del Rega-Merida Trzebiatow en la tercera categoría del fútbol polaco.

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